
Ciertas personas sienten una marcada atracción por las estatuas de santos, vírgenes o ángeles. No se trata de un simple gusto por el arte sacro o la devoción religiosa. La hagietomamofilia designa precisamente esta fascinación, a veces intensa, por las representaciones esculpidas de lo sagrado. El término sigue siendo poco conocido, incluso en los círculos especializados en psicología o historia del arte.
Etimología y definición de la hagietomamofilia
La palabra se descompone en tres raíces griegas: hagios (santo, sagrado), agalma (estatua, imagen esculpida) y philia (atracción, amor). Juntas, describen una fascinación centrada en las estatuas de carácter religioso. La matiz es importante: aquí no se habla de un interés por cualquier escultura, sino específicamente por aquellas que representan figuras sagradas.
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¿Alguna vez has sentido una emoción particular frente a una Virgen de madera policromada en una capilla de campo, o ante un ángel barroco de rasgos delicados? Esta reacción, cuando supera la simple admiración estética para convertirse en una atracción recurrente y profunda, entra en el ámbito de la hagietomamofilia.
El concepto es cercano a la agalmatofilia, que designa la atracción por las estatuas en general. La hagietomamofilia constituye una variante más restringida, limitada al registro sagrado. Para saber más sobre la hagietomamofilia en Ciencias, Filosofía, Etc …, la intersección entre la dimensión espiritual y la dimensión estética forma el núcleo de esta fascinación.
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Estatuas religiosas y carga emocional: por qué lo sagrado amplifica la atracción

Una estatua en un museo de arte contemporáneo y una Virgen de procesión en una iglesia andaluza no producen el mismo efecto. El contexto sagrado añade una capa emocional que intensifica la relación con el objeto. El incienso, la penumbra, las velas, la música litúrgica contribuyen a crear un ambiente sensorial muy cargado.
Las estatuas religiosas también presentan particularidades materiales que las distinguen. En el catolicismo, la tradición de vestir las estatuas con ropa de tela se remonta a finales de la Edad Media. Esta práctica, documentada por los historiadores del arte, difumina la frontera entre el objeto esculpido y el cuerpo humano. Una Virgen vestida con un verdadero vestido de seda, peinada con verdaderos cabellos, adornada con joyas, ya no es del todo un objeto inerte.
Este fenómeno de animación simbólica juega un papel directo en la hagietomamofilia. La persona fascinada no observa una escultura estática, sino que percibe una presencia. El vestuario de las estatuas reduce la distancia entre la piedra y lo vivo.
El papel del mito de Pigmalión
Desde la Antigüedad, la cultura occidental sostiene la idea de que una estatua puede cobrar vida. El mito de Pigmalión, un escultor que se enamoró de su propia creación, atraviesa los siglos. Alimenta una imaginación donde la frontera entre el objeto de arte y el ser animado sigue siendo porosa.
Aplicado al ámbito religioso, este mito adquiere una dimensión adicional. Se supone que las estatuas de santos encarnan una presencia divina. Existen relatos de estatuas milagrosas (que lloran, que sangran, que se mueven) en la tradición católica desde hace siglos. Lo sagrado transforma la estatua en un receptáculo potencial de una vida sobrenatural.
Clasificación psiquiátrica: ¿es la hagietomamofilia un trastorno mental?
La respuesta corta: no, no como tal. Las clasificaciones psiquiátricas recientes, en particular el DSM-5-TR y la CIE-11 (ambas publicadas en 2022), no reconocen la agalmatofilia como un diagnóstico distinto. La hagietomamofilia, una variante aún más específica, tampoco figura allí.
Lo que ha cambiado en el enfoque psiquiátrico contemporáneo es el criterio central de evaluación. El tipo de objeto (estatua, imagen, ídolo) ya no es determinante. Lo que cuenta son tres elementos:
- La presencia o ausencia de sufrimiento personal relacionado con esta atracción
- El impacto en el funcionamiento diario (vida social, profesional, relacional)
- La existencia o no de un perjuicio causado a otros
Una persona fascinada por las estatuas religiosas sin sufrir y sin dañar a nadie no se encuentra bajo ningún diagnóstico psiquiátrico. El interés se considera atípico, no patológico.

Hagietomamofilia y coleccionistas de arte sacro: ¿dónde comienza la fascinación?
La frontera entre la colección apasionada y la hagietomamofilia sigue siendo difusa. Muchos coleccionistas de arte sacro mantienen una relación muy personal con sus piezas. Restauran vírgenes de madera, buscan santos de piedra caliza del siglo XV, crean espacios dedicados en sus hogares.
Algunas pistas permiten distinguir entre ambos:
- El coleccionista se interesa por la procedencia, la técnica, el valor comercial de la pieza
- La persona afectada por la hagietomamofilia describe una relación emocional o física con el objeto, independiente de su valor histórico
- La dimensión espiritual o mística de la estatua cuenta más que sus cualidades artísticas objetivas
La hagietomamofilia se caracteriza por un vínculo afectivo con la estatua misma, no con lo que representa en el mercado del arte. La relación es íntima, a menudo difícil de verbalizar para la persona que la vive.
Un fenómeno discreto pero documentado
Los testimonios siguen siendo raros en el espacio público. La dimensión religiosa añade una capa de tabú adicional en comparación con la agalmatofilia clásica. Profanar una estatua de museo y profanar una estatua de santo no conllevan la misma carga simbólica.
Esta discreción explica en parte por qué el término hagietomamofilia circula poco. Las personas afectadas no utilizan esta palabra para describirse. Hablan de fascinación, atracción, a veces de devoción, sin siempre identificar que su relación con las estatuas sagradas pertenece a un fenómeno nombrado y documentado.
La hagietomamofilia sigue siendo un territorio donde se cruzan la historia del arte, la antropología religiosa y la psicología. Comprender esta fascinación supone aceptar que lo sagrado y la estética producen efectos que van más allá de la simple contemplación. La mirada dirigida a una estatua de santa no es neutra, y es precisamente esta ausencia de neutralidad la que define el fenómeno.